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El Papa Benedicto XVI da ejemplo de como debe darse la Sagrada Comunión y de como se debe Comulgar:

Video del Papa Benedicto XVI celebrando la Santa Misa en su capilla del Vaticano y en la fiesta de Corpus Christi con Adoración Eucarística

 

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Entre las cosas importantísimas que el Papa Benedicto XVI está afrontando con toda decisión están las referentes a la Santa Misa, a la Santa Comunión y a la presencia de Dios en toda la Vida del Cristiano, las visitas al Santísimo en el Sagrario, donde Jesús, en su infinito Amor, ha querido quedarse con nosotros.

Así nos lo enseño San Miguel Arcángel en el pueblo de San Sebastián de Garabandal:

Mientras que no había Sacerdote en el pueblo, el Ángel les daba la Comunión a las niñas estando éstas de rodillas y en la boca.

Comuniones místicas en Garabandal

Ésta es una gran Catequesis que hizo el Cielo a través del Ángel y de la Reina Misionera, de como debemos darle la mayor importancia a la Sagrada Eucaristía en momentos en que venía una gran confusión en la Iglesia. Vino a decirnos lo que debíamos hacer.

En Garabandal, desde antiguo, se reunía todo el pueblo en torno al Sagrario, al atardecer, después del trabajo, para un tiempo de oración y meditación de los misterios del Rosario. Ésta es una de las formas más hermosas de reunirse entorno a Jesús en el Sagrario.

Dijo Conchita:

“La Virgen bendita nos dijo que es mayor gracia recibir a Jesús en Comunión que verla a ella.” 

Dijo la Sma. Virgen a través del Arcángel San Miguel:

"A la Eucaristía cada vez se le da menos importancia"

La veneración continua del Santísimo que se da en los sitios donde se adora continuamente al Señor, el Divino Prisionero por Amor, que con infinito amor quiso quedarse entre nosotros, es otra de las cosas que quiere restaurar el Papa Benedicto XVI, quien dijo que la Iglesia pertenece al Señor, que todas las acciones deben orientarse a Él y que por esto no debe quedar Jesús solo en el Sagrario nunca. No puede situarse el Sagrario a un lado para que la Iglesia sirva para otras actividades.

 Tercera aparición del Ángel de la Paz (San Miguel) a los 3 pastorcitos en Fátima:

Dijo Lucía:

Estando allí, apareció por tercera vez, teniendo en sus manos un Cáliz, sobre el cual estaba suspendida una Hostia, de la cual caían gotas de sangre al Cáliz. Dejando el Cáliz y la Hostia suspensos en el aire, se postró en tierra y repitió tres veces esta oración:

-- "Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, te adoro profundamente y te ofrezco el Preciosísimo Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad de Nuestro Señor Jesucristo, presente en todos los Sagrarios del mundo, en reparación por los ultrajes, sacrilegios e indiferencias con que Él mismo es ofendido. Y por los méritos infinitos de su Sagrado Corazón y del Corazón Inmaculado de María te pido la conversión de los pobres pecadores".

Después, levantándose, tomó de nuevo en la mano el Cáliz y la Hostia. Me dio la Hostia a mi y el contenido del Cáliz lo dio a beber a Jacinta y Francisco, diciendo al mismo tiempo:

-- "Tomad el Cuerpo y bebed la Sangre de Jesucristo, horriblemente ultrajado por los hombres ingratos. Reparad sus crímenes y consolad a vuestro Dios."

De nuevo se postró en tierra y repitió con nosotros hasta por tres veces la misma oración: "Santísima Trinidad" y desapareció.

Durante los días siguientes nuestras acciones estaban impulsadas por este poder sobrenatural. Por dentro sentimos una gran paz y alegría que dejaban el alma completamente sumergida en Dios.

 


Lea: INFORME ESPECIAL «SUMMORUM PONTIFICUM»


Homilía de Benedicto XVI en el Corpus Christi

En la misa celebrada ante la Basílica de San Juan de Letrán

ROMA, jueves, 22 mayo 2008 (ZENIT.org).- Publicamos la homilía que pronunció Benedicto XVI en la tarde de este jueves, solemnidad del Corpus Christi, al presidir la celebración eucarística en la plaza de la Basílica de San Juan de Letrán.

Queridos hermanos y hermanas:

Tras el tiempo fuerte del año litúrgico, que centrándose en la Pascua se extiende durante tres meses --primero los cuarenta días de la Cuaresma, después los cincuenta días del Tiempo Pascual--, la liturgia nos permite celebrar tres fiestas que tienen un carácter "sintético": la Santísima Trinidad, el Corpus Christi, y por último el Sagrado Corazón de Jesús.

¿Cuál es el significado de la solemnidad de hoy, del Cuerpo y la Sangre de Cristo? Nos los explica la misma celebración que estamos realizando, con el desarrollo de sus gestos fundamentales: ante todo, nos hemos reunido alrededor del Señor para estar juntos en su presencia; en segundo lugar, tendrá lugar la procesión, es decir, caminar con el Señor; por último, vendrá el arrodillarse ante el Señor, la adoración que comienza ya en la misa y acompaña toda la procesión, pero que culmina en el momento final de la bendición eucarística, cuando todos nos postraremos ante Aquél que se ha agachado hasta nosotros y ha dado la vida por nosotros.

Analicemos brevemente estas tres actitudes para que sean realmente expresión de nuestra fe y de nuestra vida.

Reunirse en la presencia del Señor

El primer acto es el de reunirse en la presencia del Señor. Es lo que antiguamente se llamaba "statio". Imaginemos por un momento que en toda Roma sólo existiera este altar, y que se invitara a todos los cristianos de la ciudad a reunirse aquí, para celebrar al Salvador, muerto y resucitado. Esto nos permite hacernos una idea de cuáles fueron los orígenes de la celebración eucarística, en Roma y en otras muchas ciudades, a las que llegaba el mensaje evangélico: en cada Iglesia particular había un solo obispo y, a su alrededor, alrededor de la Eucaristía celebrada por él, se constituía la comunidad, única, pues uno era el Cáliz bendecido y uno era el Pan partido, como hemos escuchado en las palabras del apóstol Pablo en la segunda lectura (Cf. 1 Corintios 10,16-17).

Pasa por la mente otra famosa expresión de Pablo: "ya no hay judío ni griego; ni esclavo ni libre; ni hombre ni mujer, ya que todos vosotros sois uno en Cristo Jesús" (Gálatas 3, 28). "¡Todos vosotros sois uno!". En estas palabras se percibe la verdad y la fuerza de la revolución cristiana, la revolución más profunda de la historia humana, que se experimenta precisamente alrededor de la Eucaristía: aquí se reúnen en la presencia del Señor personas de diferentes edades, sexo, condición social, ideas políticas. La Eucaristía no puede ser nunca un hecho privado, reservado a personas escogidas según afinidades o amistad. La Eucaristía es un culto público, que no tiene nada de esotérico, de exclusivo. En esta tarde, no hemos decidido con quién queríamos reunirnos, hemos venido y nos encontramos unos junto a otros, reunidos por la fe y llamados a convertirnos en un único cuerpo, compartiendo el único Pan que es Cristo. Estamos unidos más allá de nuestras diferencias de nacionalidad, de profesión, de clase social, de ideas políticas: nos abrimos los unos a los otros para convertirnos en una sola cosa a partir de Él. Esta ha sido desde los inicios la característica del cristianismo, realizada visiblemente alrededor de la Eucaristía, y es necesario velar siempre para que las tentaciones del particularismo, aunque sea de buena fe, no vayan en el sentido opuesto. Por tanto, el Corpus Christi nos recuerda ante todo esto: ser cristianos quiere decir reunirse desde todas las partes para estar en la presencia del único Señor y ser uno en Él y con Él.

Caminar con el Señor

El segundo aspecto constitutivo es caminar con el Señor. Es la realidad manifestada por la procesión, que viviremos juntos tras la santa misa, como una prolongación natural de la misma, avanzando tras Aquél que es el Camino. Con el don de sí mismo en la Eucaristía, el Señor Jesús nos libera de nuestras "parálisis", nos vuelve a levantar y nos hace "pro-ceder", nos hace dar un paso adelante, y luego otro, y de este modo nos pone en camino, con la fuerza de este Pan de la vida. Como le sucedió al profeta Elías, que se había refugiado en el desierto por miedo de sus enemigos, y había decidido dejarse morir (Cf. 1 Reyes 19,1-4). Pero Dios le despertó y le puso a su lado una torta recién cocida: "Levántate y come -le dijo--, porque el camino es demasiado largo para ti" (1 Reyes 19, 5.7). La procesión del Corpus Christi nos enseña que la Eucaristía nos quiere liberar de todo abatimiento y desconsuelo, quiere volver a levantarnos para que podamos retomar el camino con la fuerza que Dios nos da a través de Jesucristo. Es la experiencia del pueblo de Israel en el éxodo de Egipto, la larga peregrinación a través del desierto, de la que nos ha hablado la primera lectura. Una experiencia que para Israel es constitutiva, pero que para toda la humanidad resulta ejemplar. De hecho, la expresión "no sólo de pan vive el hombre, sino que el hombre vive de todo lo que sale de la boca del Señor" (Deuteronomio 8,3) es una afirmación universal, que se refiere a cada hombre en cuanto hombre. Cada uno puede encontrar su propio camino, si encuentra a Aquél que es Palabra y Pan de vida y se deja guiar por su amigable presencia. Sin el Dios-con-nosotros, el Dios cercano, ¿cómo podemos afrontar la peregrinación de la existencia, ya sea individualmente ya sea como sociedad y familia de los pueblos?

La Eucaristía es el sacramento del Dios que no nos deja solos en el camino, sino que se pone a nuestro lado y nos indica la dirección. De hecho, ¡no es suficiente avanzar, es necesario ver hacia dónde se va! No basta el "progreso", sino no hay criterios de referencia. Es más, se sale del camino, se corre el riesgo de caer en un precipicio, o de alejarse de la meta. Dios nos ha creado libres, pero no nos ha dejado solos: se ha hecho él mismo "camino" y ha venido a caminar junto a nosotros para que nuestra libertad tenga el criterio para discernir el camino justo y recorrerlo.

Arrodillarse en adoración ante el Señor

Al llegar a este momento no es posible de dejar de pensar en el inicio del "decálogo", los diez mandamientos, en donde está escrito: "Yo, el Señor, soy tu Dios, que te he sacado del país de Egipto, de la casa de servidumbre. No habrá para ti otros dioses delante de mí" (Éxodo 20, 2-3). Encontramos aquí el tercer elemento constitutivo del Corpus Christi: arrodillarse en adoración ante el Señor. Adorar al Dios de Jesucristo, que se hizo pan partido por amor, es el remedio más válido y radical contra las idolatrías de ayer y hoy. Arrodillarse ante la Eucaristía es una profesión de libertad: quien se inclina ante Jesús no puede y no debe postrarse ante ningún poder terreno, por más fuerte que sea. Nosotros, los cristianos, sólo nos arrodillamos ante el santísimo Sacramento, porque en él sabemos y creemos que está presente el único Dios verdadero, que ha creado el mundo y lo ha amado hasta el punto de entregar a su unigénito Hijo (Cf. Juan 3, 16).

Nos postramos ante un Dios que se ha abajado en primer lugar hacia el hombre, como el Buen Samaritano, para socorrerle y volverle a dar la vida, y se ha arrodillado ante nosotros para lavar nuestros pies sucios. Adorar el Cuerpo de Cristo quiere decir creer que allí, en ese pedazo de pan, se encuentra realmente Cristo, quien da verdaderamente sentido a la vida, al inmenso universo y a la más pequeña criatura, a toda la historia humana y a la más breve existencia. La adoración es oración que prolonga la celebración y la comunión eucarística, en la que el alma sigue alimentándose: se alimenta de amor, de verdad, de paz; se alimenta de esperanza, pues Aquél ante el que nos postramos no nos juzga, no nos aplasta, sino que nos libera y nos transforma.

Por este motivo, reunirnos, caminar, adorar, nos llena de alegría. Al hacer nuestra la actitud de adoración de María, a quien recordamos particularmente en este mes de mayo, rezamos por nosotros y por todos; rezamos por cada persona que vive en esta ciudad para que pueda conocerte e ti, Padre, y a Aquél que tú has enviado, Jesucristo. Y de este modo tener la vida en abundancia. Amén.

Fuente: Noticias ZENIT:  (http://www.zenit.org/article-27377?l=spanish)


Mensaje dado en Garabandal al Padre Gobbi del movimiento Sacerdotal Mariano

JESÚS EN LA EUCARISTÍA
Garabandal, 14-6-1979, Festividad de Corpus Christi

"Hijos míos predilectos, seguid caminado con confianza por el camino por el que os conduce la Madre Celestial. Mi designo está a punto de cumplirse a través de vosotros que habéis respondido a mi invitación maternal.

Secundad mi acción que tiende a transformaros interiormente para haceros a todos Sacerdotes según el Corazón Eucarístico de Jesús. El triunfo de mi Corazón Inmaculado no puede realizarse sino con el triunfo de mi Hijo Jesús, que volverá a reinar en los corazones, en las almas, en la vida de cada uno y de las naciones: en toda la humanidad. Pero Jesús, como está en el Cielo, así también se halla en la tierra realmente presente en la Eucaristía: con su Cuerpo, su Sangre, su Alma, su Divinidad.

Su reino glorioso resplandecerá sobre todo en el triunfo de Jesús Eucaristía, porque la Eucaristía volverá a ser el corazón y el centro de toda la vida de la Iglesia.

Jesús en la Eucaristía volverá a ser el vértice de toda vuestra oración, que debe ser oración de adoración, de acción de gracias de alabanza y de propiciación.

Jesús en la Eucaristía volverá a ser el centro de toda la acción litúrgica, que se desarrollará como un himno a la Santísima Trinidad, a través de la perenne función sacerdotal de Cristo, que se actúa en el misterio eucarístico.

Jesús en la Eucaristía volverá a ser el centro de vuestras reuniones eclesiales, porque la Iglesia es su templo, su casa que ha sido construida sobre todo para que pueda resplandecer en medio de vosotros su divina presencia.

Hijos predilectos, desgraciadamente en estos tiempos las tinieblas han oscurecido también el Tabernáculo: en torno a él hay tanto vacío, tanta indiferencia, tanta negligencia. Cada día aumentan las dudas, las negaciones y los sacrilegios.

El Corazón Eucarístico de Jesús es herido de nuevo por los suyos en su propia Casa, en el mismo lugar donde ha puesto su divina morada entre vosotros.

Volved a ser los adoradores perfectos, los ministros fervientes de Jesús Eucarístico que, por medio de vosotros, todavía sigue haciéndose presente, todavía se inmola y se da a las almas.

Llevad a todos a Jesús en la Eucaristía: a la adoración, a la comunión, a un amor más grande.

Ayudad a todos a acercarse a Jesús Eucarístico de una manera digna, cultivando en los fieles la conciencia del pecado, invitándolos a acercarse a la Comunión sacramental en estado de gracia, educándolos en la confesión frecuente y advirtiéndoles que la confesión es necesaria a quien se halla en pecado mortal para recibir la sagrada Eucaristía.

Hijos predilectos, oponed un dique a la multiplicación de los sacrilegios: nunca como en estos tiempos se han hecho tantas comuniones de manera tan indigna.

La Iglesia está profundamente herida por la difusión de las Comuniones sacrílegas. Ha llegado el tiempo en que vuestra Madre Celestial dice: Basta.

"Yo misma colmaré el gran vacío en torno a mi Hijo Jesús presente en la Eucaristía. Formaré una barrera de amor en torno a su divina presencia. Yo misma, a través de vosotros, hijos predilectos, que quiero colocar como una guardia de amor en torno a todos los tabernáculos de la tierra."

Fuente: http://www.movimientosacerdotalmariano.es/htm/es/home.htm

 


El Mensaje Eucarístico de Garabandal

Por el Padre José A. Pelletier, A.A.

Nuestra Señora reafirmó de muchas maneras, en Garabandal, la enseñanza secular de la Iglesia sobre la Presencia Real y el poder de Jesús en la Eucaristía.

Una de las señales más convincentes de la autenticidad del mensaje de Garabandal es que está centrado en Jesucristo. Esta característica le viene principalmente de su enfoque insistentemente eucarístico: la comunión (enseñada a través de la Comunión mística dada por el ángel a las niñas), la visita al Santísimo Sacramento, la oración por los sacerdotes y la meditación sobre la pasión de Jesús. La misión de María era y es siempre acercarnos a Jesús, y es en este acercamiento a Jesús que llegamos a reconocer la presencia auténtica de ella.

No se mencionó a María en los dos mensajes “oficiales” del 18 de octubre de 1961 y del 18 de junio de 1965. La recomendación del rosario, que ella hizo cada vez que vino, fue hecha de una manera más informal durante sus conversaciones con las muchachas. Y así ocurrió también con el escapulario. En este caso la recomendación fue indirecta, ya que residió en el título que escogió para sus apariciones: Nuestra Señora del Monte Carmelo; y en su costumbre de llevar siempre sobre el brazo derecho un gran escapulario.

El primer mensaje de 1961 fue una llamada a la penitencia y al arrepentimiento, una súplica de buscar “perdón con corazones sinceros”. Contenía otro recuerdo de la “Eucaristía, a la cual se está dando menos y menos importancia.” Encareció la atención a los sacerdotes, que están en gran necesidad de oraciones – tan luego ellos, los ministros de la Eucaristía.

Nos pidió “pensar en la pasión de Jesús” – Jesús, el sumo sacerdote que perpetúa el sacrificio de la cruz a través de la misa.

Parecería que recién ahora comenzamos a entender todo el significado y la importancia del mensaje Eucarístico de Garabandal. Este mensaje fue considerado al principio como un
recuerdo y una defensa de la enseñanza católica tradicional de la Eucaristía y especialmente de la realidad de la presencia divina.

Esta interpretación del mensaje Eucarístico de Garabandal es, por supuesto, correcta y era muy oportuna en los días de increíble confusión que siguieron al Concilio Ecuménico Vaticano II.

Sin embargo, el Espíritu Santo, con quien María está inseparablemente unida, está conduciendo a la Iglesia a una comprensión más profunda y productiva de todos los canales de la gracia, entre los cuales la Eucaristía es uno de los más importantes. Esta comprensión más profunda y productiva no es en realidad algo nuevo. Es más exactamente un retorno a las creencias – y a las prácticas – de la iglesia primitiva.

El Espíritu Santo nos está recordando algo que, por lo menos en la práctica, habíamos olvidado, y es que los sacramentos, particularmente la Eucaristía y la Penitencia, tienen importantes funciones curativas.

Con respecto a la Eucaristía, en el pasado se insistía sobre todo en su función de “alimento” fortalecedor, y éste es ciertamente un aspecto auténtico e importante de la Eucaristía. Pero el Cristo resucitado que viene a nosotros para fortalecer nuestras almas y ayudarlas a crecer en el amor de Dios también viene a nosotros con la plenitud de su energía curativa, la misma que fluyó de su persona durante los años de su ministerio público. En esos días bastaba con tocar el dobladillo de su túnica con fe y confianza en la curación física y moral. ¡Cuánto mayor es la intimidad de nuestro contacto con Cristo en la Eucaristía! Cristo sabe la enorme necesidad de curación que todos sentimos hoy, tanto física como psicológica y espiritualmente. Nos ama no menos de cuanto amaba a los judíos de su época. Su poder no se ha reducido de ninguna manera, y en la Comunión estamos en contacto increíblemente estrecho con ese poder. ¿Cuál entonces es el obstáculo? ¿Por qué no somos curados? Sencillamente, porque no creemos que él desea curarnos. Y por no creerlo, no le pedimos que nos cure. Eso es todo.

La fe y la confianza, creer y pedir, son fundamentales si queremos recibir los dones de Dios. Él no nos impone nada. Él nos ha dado una voluntad libre y la respeta. Nos espera. Él nos invita pero debemos aceptar la invitación. En el Apocalipsis, nos dicen: “Aquí estoy parado, golpeando en la puerta. Si cualquiera me oye llamar y abre la puerta, entraré en su casa y cenaré con él, y él conmigo ”(3:20).

Jesús está parado y golpeando, pero no entrará por la fuerza. Debemos abrir la puerta. Debemos querer que él entre y debemos indicárselo. Hacemos esto en la oración, pidiendo. Pedir es abrir la puerta. Él está parado en nuestra puerta con todo su poder, el mismo poder que utilizó durante su vida mortal para expeler demonios, curar enfermos y resucitar a los muertos. Pero no le pedimos que entre y que utilice ese poder. Estamos parados allí frente a frente, Jesús y nosotros, separados solamente por una puerta que podemos empujar. Y si no empujamos la puerta, el poder de Jesús queda sin uso y sin fruto, para dolor de Su corazón amante y misericordioso.

Sí, duele y entristece a Jesús el no poder utilizar Su poder para nosotros, que no confiemos en Su amor por nosotros. Ofendemos Su amor cuando no pedimos, ya que de hecho Le estamos diciendo: “no me atrevo a pedir porque no creo que me darás lo que deseo. No estoy seguro que me ames bastante para darme lo que pido.”

Todo se reduce a nuestra fe, o carencia de fe, en su amor. Si creyéramos de verdad en su amor, Le pediríamos que moviera la montaña de dolencias físicas, psicológicas y espirituales que nos están aplastando y están quebrando nuestro ánimo y quitando toda la alegría de nuestros corazones.

“Dejadlo beber, al que cree en mí. Dice la Escritura: De su seno correrán ríos de agua viva” dijo Jesús (S.Juan 7:37-38). No humedecerá nuestros labios un goteo de agua, sino que fluirán ríos que refrescarán nuestro cuerpo y nuestra alma si creemos y pedimos, esperando recibir y “nunca dudando” (Santiago 1:6). Jesús también dijo, “Yo he venido para que tengan vida y la tengan abundante” (Juan 10:10). ¡Tener vida abundante! Esto es lo que Él vino a traernos con su poder.

Jesús habló realmente con absoluta claridad. También, con conocimiento de “cuán poco sentido tenemos y cuán lentos somos para creer”(los Actos 24:25). Repitió lo mismo muchas veces. Una de sus declaraciones más claras y más completas a este respecto se
encuentra en Juan 14:12-14: “les aseguro solemnemente que el hombre que tenga fe en mí hará los trabajos que hago y mucho mayores que éstos. ¿Por qué? Porque voy al Padre, y lo que pidiereis en mi nombre lo haré, para glorificar al Padre en el Hijo. Si pidiereis alguna cosa en mi nombre, Yo la haré.”

Cuando Jesús realizó milagros durante Su vida, él glorificó al Padre. Cuando Él realiza milagros hoy a nuestro pedido, Él también glorifica al Padre. Él desea glorificar al Padre de esta manera, y le privamos de oportunidades de hacerlo cuando no pedimos que él realice “grandes trabajos” en nosotros y a través de nosotros.

La gloria del Padre es el último propósito de todo lo que Jesús hizo y hace. El propósito inmediato de lo que Jesús hizo y hace nos concierne a nosotros. Desde nuestro punto de vista, él realizó y desea continuar realizando milagros y curaciones a fin de que “tengamos vida abundante.” La plenitud de la vida incluye alegría y felicidad: “Pedid y recibiréis, para que vuestra alegría sea plena.” (Juan 16:24). Jesús desea sanarnos de modo que podamos conocer alegría y felicidad completas. Esto no significa que quiera quitar la cruz totalmente de nuestra vida, que no quiera dejarnos sufrir. Él nos dijo explícitamente que tendríamos que tomar nuestra cruz y seguir su ejemplo de sufrimiento. Pero hay muchas formas de sufrimiento además del sufrimiento físico, psicológico y moral. Hay la dificultad, la fatiga y a menudo la ansiedad que va con el cumplimiento de nuestros deberes de estado, la monotonía de las tareas diarias, los problemas de criar una familia, los del ministerio sacerdotal y de otros ministerios y servicios.

La curación que Jesús desea realizar sobre todo es la curación interna, la de la mente, del espíritu, del alma. Hay tantas cosas en nuestras mentes, nuestros recuerdos, nuestros
subconscientes, nuestra naturaleza débil, que son obstáculos al amor de Dios en nuestras vidas. Éstas son las cosas que Él desea ver desaparecer y sanar, de modo que Su amor pueda predominar siempre en nuestro fuero interno. Y éstas son en efecto las curaciones que ocurren más a menudo.

Las promesas encontradas en la Escritura y mencionadas arriba se reclaman con fe y se cumplen hoy con frecuencia siempre creciente. Sabemos de esto. Hemos oído de ello y lo hemos observado personalmente. Dios nos ama mucho más de lo que podemos imaginar. No nos está descuidando. Somos nosotros los que estamos fallando al no creer en Su amor y al no reclamar en fe Sus amantes promesas. Los que se adelantan en fe y piden, esperando recibir nunca dudando, están descubriendo que Dios nos ama entrañablemente y vierte Su amor con prodigalidad. Están descubriendo lo que San Pablo y todos los santos han descubierto, que Jesús es de veras “Aquél cuyo poder obra ahora en nosotros y puede hacer que abundemos más de lo que pedimos o pensamos.” (Efesios, 3:20)

Este poder del Cristo resucitado suele desplegarse en nosotros especialmente en la santa Comunión. Es entonces cuando debemos pedir a Jesús la curación interior, y no solamente la interior. No debemos vacilar en pedirle que cure también nuestras dolencias físicas o corporales. No es más difícil para Él hacer lo uno o lo otro, o aún ambos al mismo tiempo. Pero es generalmente mejor pedir una cosa a la vez. No obstante, no pongáis límites a Su amor por vosotros ni a Su poder. Pedid todo que necesitáis. Tened presente que las curas son generalmente lentas y graduales y suelen tomar tiempo. Nuestra fe y nuestra virtud se perfeccionan en la paciencia y la perseverancia.

Pero no paséis por alto ni descuidéis al amigo divino que permanece con nosotros, de noche y de día, en nuestros tabernáculos. Es el mismo Cristo resucitado al que recibimos en la santa Comunión. Su poder puede franquear la puerta del tabernáculo y alcanzarnos en el reclinatorio de la iglesia tan fácilmente como en la Comunión. No debemos contentarnos con una vigilia eucarística mensual. Si tuviéramos fe viva, “visitaríamos al santo sacramento con frecuencia,” como nos pidió Nuestra Señora en su primer mensaje en Garabandal.

Recordad lo que Conchita dijo: “la Virgen bendita nos dijo que es mayor gracia recibir a Jesús en Comunión que verla a ella.”.

 - Padre José A. Pelletier, A.A. -

Fuente: http://www.garabandal.us/spanish/bo_eucharist.html

A.M.G.D
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Las cuatro niñas viven con la Santísima Virgen María una vida familiar y cariñosa. De Ella aprendieron enseñanzas y vivencias que les mostraban como vivir familiarmente con Dios en la vida diaria.

"Hay que hacer muchos sacrificios, mucha penitencia. Tenemos que visitar al Santísimo con frecuencia. Pero antes, tenemos que ser muy buenos..." (dijo la Sma. Virgen en Garabandal)

LOS MENSAJES DE LA SMA. VIRGEN EN GARABANDAL


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 "Es como la segunda vida de la Santísima Virgen en la tierra, y no hay palabras para agradecerlo.

     Es la historia más hermosa de la Humanidad desde el Nacimiento de Cristo"  Papa Pablo VI

(Según una hoja de la "Legión Blanca Peruana", con el "imprimatur" (7 /Nov/ 1968) de monseñor Alfonso Zaplana Belliza, obispo de Tacna, Perú)


Maravilloso testimonio de una señora que subió a Garabandal en época de las apariciones buscando una respuesta por su hijo fallecido en un accidente de moto (testimonio completo)


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